El secreto de las playas que embellecen la costa norte de Ferrol

22/08/2018 17:33

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La ciudad de Ferrol tiene la suerte de que ofrece al visitante su urbanismo dieciochesco -sin igual en toda Galicia y con pocos ejemplos similares por España adelante- y sus magníficas playas abiertas al Atlántico. Son arenales conocidos desde siempre. O sea, desde la prehistoria, puesto que en esa misma costa se construyeron hace dos mil años varias aldeas, como lo demuestran los castros de Santa Comba y de Lobadiz (en Doniños este último).

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Pero además son desde casi un milenio atrás playas deseadas. En aquellos tiempos no para el baño, sino simplemente para tenerlas ante los ojos. El por qué es fácil de explicar: los peregrinos que por mar desde Inglaterra se dirigían al Golfo Ártabro rumbo a Compostela ansiaban verlas después de una navegación siempre difícil, incómoda y, por lo general, muy dura. Tenerlas ante los ojos implicaba que el desembarco era casi inminente.

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Esas mismas playas son ahora espacios de ocio. En la primera de ellas, Doniños, se conserva el castillo que no pudo detener una invasión inglesa hace más de 200 años que tenía como objetivo conquistar Ferrol y destruir sus famosos arsenales, que aún se pueden visitar. Por cierto que los británicos creyeron que iba a ser un paseo y jamás pisaron la ciudad, puesto que soldados y paisanos los derrotaron en los montes que separan Doniños de Ferrol. La playa, además, cierra el paso al mar de una magnífica laguna cargada de leyenda.

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La siguiente es San Xurxo, enorme y que cambia su nombre en el tramo final por el de Esmelle, también con otro castro en la retaguardia, y da paso al cabo Prior, antes de llegar al cual se extiende la de O Vilar. El cabo y su faro, otrora terreno militar, permiten excelentes vistas sobre el océano e invitan a pensar en cómo sería la vida diaria en la granja medieval que lo ocupaba.

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Santa Comba es la siguiente. Y ahí llama la atención la península, casi isla debido a la acción del mar, que la cierra por el este. En su parte alta se desafía al viento una capilla que se levantó sobre un castro, sin duda alguna para cristianizar un terreno que se consideraba, y con razón, pagano. Sartaña y Ponzos, con lavadero de oro incluido, son más abiertas y por eso mismo las preferidas por los amigos de la tranquilidad, cuando no de la soledad. Eso sí, exigen, como todas, precaución: el Atlántico es bello, pero la prudencia jamás sobra cuando el viajero se sumerge en él.

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